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Es el esperado anfitrión de su verdugo.
La noche de neblinas lo dispersa en rumores,
en huesos abiertos, en dedos que se alargan,
en tenues perfiles de rey a la deriva.
La fogata inicia el vuelo de su especie,
blandamente hasta la multiplicación laboriosa.
Entonces Xangó, emperador cubierto con guirnaldas,
afiebra cristales y relámpago.
Luego, se hunde al légamo inenarrable del deseo
entre las tumbas de los secuestrados.
¿Por qué la hierba fugaz
de aquella tierra sellada por los tiznes del principio
habría de inscribir mi permanencia?
Toro de agua, lira con cabeza de toro,
tigra agonizante en el burdel harapiento,
portador de una ofrenda increíble a mis hijastros,
¿recordarían ellos la alucinación en vastos corredores?
Ha hablado sólo una vez, ha desechado la mítica palabra,
ha repartido monedas en la cena de cenizas,
para que los vestigios bruñan su apariencia.
Esa música nunca repetida por labios de este mundo
vuelve áspera a nosotros.
¿Si anduvieses por ahí, te reconocerían?
Caen de nuevo las alas que engendraste.
Las manos aúllan. ¿Es el hambre?
Refulge, viaja el ataúd por las heridas.
La nómina de pétalos diminutos –hacia el alba-
vacila entre las muertes que fui.
¿Qué retrato falaz encuentra su noche?
El temerario clausuró la entrada
de la mansión cubierta por hormigas y gusanos de seda.
(“Estás inmune al polvo y la razón. Te prohibieron
el suntuoso juego de aterrar la memoria”.)
Hubo aquí un aliento de bestia en la espesura,
de resignado al fin de toda historia.
Surge un caleidoscopio junto a las huellas de mi pie.
Hombre sentado en trono de zafiro,
buey, león, águila o arcángel,
esfinge tenebrosa en el ojo invisible:
¿Despertarían entonces?
Ya no sangra.
Manuel Lozano
Buenos Aires, mayo de 2000
(Este poema inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 14-V-2009)
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