CHRISTY MAGUIRE (1811-1856)

 

Cuando hube renunciado a la luz,

el cuerpo hecho harapos se convirtió en efigie.

Santa infeliz, divorciada de cenizas,

tierra y nostalgia y girasoles

asistían atroces a mi oculto nacimiento.

Un relámpago tenuemente ha acercado

la cara impávida al espejo roto, su légamo invisible.

¿Y golpeas lo que fue tu identidad toda la noche,

hasta que los cuervos tracen en lo oscuro

las ramas de mi espiral de sangre?

Inhumada como estás (seco gusano del desierto),

las aguas nocturnales me preguntan por los viajes que haré,

por las muertes que haré con los ojos vacíos

cuando la muerte acaba de delimitar sus formas.

El océano empañado se acerca.

¿Y que harás con los ojos vacíos,

mi lengua de temblor nunca saciada?




Ni un límite de blancas flores sin aire; ni perdido esplendor

en ataúdes abiertos por el agua del siglo;

ni espuria de nubes.

Una piel de escamas debajo del papel.




Allí los resplandores avanzan en remolinos

de hojas secas sobre el mármol hiriente

en que camina una hormiga.

¿De qué modo abriré mi boca húmeda,

tragaré la saliva cayendo de los labios?

Muchedumbres de una misma persona, peldaños de la vida,

aspiraron las letras en que yace la muerte.

Una puerta como el respaldo de un trono quemado:

sólo una puerta para entrar.





El mediodía es un látigo de nieve, un tentáculo desprendido

en la imagen de mi antigua cabeza.

Alguien cree recordarme mirando un mar de atlas, índigo,

hundiéndome en la escaramuza de los cuerpos hinchados:

mi delta de larvas, sus rasguños, la íntima soledad de los párpados,

una cabeza coronada de anémonas.

¿Y adónde quedó la carne definida y sus escalofríos?

Se hiende en el agua

reduciendo un cargamento de vestigios, de sudores,

de sucia mortaja,

a la armoniosa uña que envejece.

¿Pero cómo envejece mi cadáver,

cómo pregunta a su sombra, al agua de su sombra,

cuánto ha dormido entre el metal y la espuma?

 


La migaja ansiosa oye la irremediable voz

de la tormenta en ciernes.

Hay una caja, a mis pies, pero no debo abrirla.

Evaporada imagen de aquella caminando entre los hombres,

reintégrate mendigo y fascinado cuerpo de la luz.



Manuel Lozano

Éfeso, 28-I-96

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