Entonces, cuando la lluvia no era un
mundo perdido
y brotaba entre las hojas a plena
desmesura de la luz,
sin ninguna taberna de oficiantes donde
sólo aúlla el destierro,
sin las acariciadas vendas que fueron
máscara de muerte,
él cantó la tentación que se avecina en
mí como una ungida.
Viste la tribu delatando la ambigua
anatomía de la especie
en la palma de tu mano izquierda.
Espiaste el objeto encandilado,
lo espiaste atragantando la sustancia
en el sexo de la letanía
hasta el asco elemental que no se
nombra.
La huida anuncia la invasión del
hechicero volátil.
¿A qué país está volviendo este
inmigrante con sus golpes de hacha?
¿Cómo desgarraría sus huesos
debilísimos, si aún fuera posible?
Amuleto raspaban las entretelas de
agonía.
Se muere de un cadáver harapiento en el
altar de oro.
La alerta es falsa entre esos derrumbes.
¿Y quién dirá que todas las muertes son
iguales en la oscuridad,
que las flores se incrustan en la boca y
no alumbran los cirios?
Peregrinajes de polillas buscarían el
centro.
¿Y qué hubo de engarzar la llaga y el
contagio?
El exorcismo fue uno solo, con efigie de
cera.
Ya emblanquecieron esta casa.
He acorralado y desprendido el hambre
escalofriante
sobre el amparo de mi error.
Manuel Lozano
New York, septiembre de 2000