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No hubo un rostro, criminal
o abrasador,
con que nacer la perseguida
luz de los patios
desfondándose hacia el alba
de estupor en la memoria.
Húmeda arquitectura de las
madrigueras.
En esta habitación
concibieron el monstruo.
Báilame las formas menos
visibles
de tus habitantes.
Si ésta es la historia,
ocúltame entre los huyentes
la piel y lo que queda.
Fueron tiempos de cubrir los
tajos
en cada mancha del camino.
Aéreo, diminuto al fin,
¿quién le impide subir en la
espesura?
Si no soy el que advierte,
¿quién me impide?
Hubiste sido un soplo por
subsuelos
que ya nunca te reconocerían.
Anhelaste el altar donde te
asesinaban:
los gritos, el túmulo y las
rosas.
¿Cruje ahora la sangre cuando
murmuras
la bienaventuranza del
ausente?
Te iluminan bestiales
impurezas.
¿Y por qué me perjudicas al
acostarme, así,
desnudo entre las lianas de
esta flora inconclusa,
matarife de mí mismo en el
salón de las carnicerías?
Esta noche es resíduo de
otros ojos.
Se anegan las mañanas.
Cráteres donde diré la
maldición,
no soy doblez en esta fábrica
de mutaciones.
Han hecho añicos tu tienda.
En este hotel no quedan
cazadores de ratas.
Desalojaron el navío.
¿Me sorbes hasta vivir
de aquella muerte, mi muerte,
mi mascarilla,
llegada de las piedras a
trasluz de la lluvia,
toda muerte perseguida por
las telarañas del dolor?
Fue en el vientre del día que
callamos
el tenue frío que absorbe mi
alimento.
Abriste el desierto con tu
boca.
Huracán, ésa es tu pregunta
en la farsa del mundo.
Tierra, ése es el vacío que
lamerá tu llaga.
Manuel
Lozano
26-V-2001 |