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A un Gólgotha de
telarañas blancas
llega mi cuerpo
con frío.
¿Adónde te
llevaría la clausura de un jardín,
si no es tuya
esta cruz de alambres
resquebrajada en
niebla?
Columna de
basalto, columna de basalto,
¿y la hermosa
vorágine?
Escupiste la
derrota del solo
por el suburbio
triste de la rata desnuda.
Cueva de pavor,
cueva de pavor,
¿y el cráter
donde arrojas tu cerebro?
En estas brasas
verías la roja extensión
del mármol
inminente que asedia,
que absuelve con
asco en la vigilia.
La figura
musical estaba aullando
desde tu entrada
triunfal en el bosque.
Los hijos de la
hiena comían voraces
las pequeñas
cerbatanas, los restos de un domingo
sobre el velo.
¿Pero no
eran espléndidos sus cuerpos,
no resplandecían
en la hora exacta del crimen?
Te lo
advirtieron por la madrugada,
deteniéndose en
intersticios
junto al tablón
podrido de las viejas proezas.
¿Huiste hacia
adentro?
Trapos detrás
del vacío ardieron como linternas;
sábanas de
muerte pactaban en los lavaderos del engaño
donde fuiste
emperador y niño que ríe
hasta la noche
del monstruo.
Manuel Lozano
París, julio de 2007
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