I
El voraginoso
desnudo en el desierto
es el que hace
de Juan el Bautista
un repugnante
saco de huesos.
¿Así son los
escombros?
Que ese
padrastro incestuoso
surja con
flores extinguidas.
II
Un cristal
morado roza la ceniza,
bendiciente en
los patios del martirio.
III
Hebras de un
té milenario
simulan la
escritura del principio.
Pero ella está
detrás,
ella está
detrás,
está detrás
como un diamante en Canopus,
¡la perra está
detrás!
IV
El castigo se
agregaría a la máscara.
Habría debido
coronarse de espinas,
pero la lluvia
interrumpió los sueños.
V
La
araña oscura nada en el aire,
preparando en
la imaginación
el tétrico
encaje de una dinastía.
VI
Pezuñas en la
cerradura.
¿Hasta allí
incubarías la risa,
la sanadora,
la gimiente, la odílica
midiendo la
distancia entre la vela y el soplo?
VII
Un viento de
Browning desentraña
los vestigios
de un himno a Orfeo,
la cueva de
Platón,
los frutos
olvidados de Hubert von Herkomer.
VIII
Lames la furia
enternecida
de esa
plegaria clavándose en las manos.
¡Increíble
pero perfecta, alabanciosa esta crucifixión!
IX
Que siembren
en lo oscuro
la espinosa
transparencia hasta donde no sé.
¿Alguien,
alguien vela contra la noche?
¿Y esto era el
hombre?
X
Bautismal el
luto de las profecías.
Duermo con una
calavera silenciosa.
Ninguna herida
podrá enterrarse sola,
llevando en sí
misma la mortaja
de mono
disecado en el desierto.
XI
Escindida
jaula, amamantada por el vientre
de quien nunca
regresa a su palacio.
¿Sin piel me
amenazas, vida?
¿Yéndome antes
de mí, te hundes en la cal
fósil de
musaraña?
XII
Has dicho la
luz que teme porque es sombra y hastío.
Nada más
podías esperar del hombre que tirita
bajo el
invierno su desprecio.
Cambian las
fases.
Laskshimi o
Durga,
Deméter o
Lilith,
Isis o Medea,
Cibeles o
Astarté,
Kwanyin o
Circe,
¿era este el
infierno prometido
en el
caliente collar de cráneos que me hablan?
Manuel Lozano
(Este poema
inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación
de Autor-", correspondiente al 31-VIII-2007)