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¡Oh vida, vida!,
¿cómo puedes sustentarte estando ausente de tu vida?
Santa Teresa de
Jesús, Exclamaciones
¿Me pueden decir
cómo los ángeles se disfrazan de hormigas
para no morir?
Una corteza no es un lamento,
puede ser una gruta o un cuchillo a punto de arder,
disfrazados
en la llanura que me lleva
y esclaviza con la indecible felicidad del amor bajo la
piel.
Un cerco de boj ya oculta sabiamente la casa.
Me encarno en un paisaje que devoro
como pequeño caníbal paladeando un idioma de tigras
(lo he visto en sueños, Jules, toqué la fiebre de esa voz
y era un relámpago.)
¿Cómo entraré en el casi silencio de tu plegaria?
¿Es preciso saber, derribar
los muros del cruel entendimiento
y latir como una tumbergia poseída por la mirada?
Adónde fueses, alma hermafrodita,
yo te seguiría como un perro al anochecer, llagado,
con el vértigo de la ausencia
cubriéndose con manos enguantadas
que parecen hermosas, pero encubren el terror.
¿No éramos ácróbatas nosotros?
Se desvanece el reino, las estatuas envidian
los sombreros de las viejas señoras.
Un velo has entrevisto, Jules,
sobre la vanidosa esfinge derribada.
¿Por qué este remordimiento
de fin de lluvia, de lujuria precoz, de cariátides tan
frías,
de biombo enardecido de leones y flores?
¿No éramos acróbatas del largo sendero?
Pasan nubes condenadas a las mordeduras de otro cielo aquí.
Pasan las catedrales pétreas y sus relojes boca arriba.
Pasan figuras del martirio en cumplimiento de la soledad.
Pasan los nadies que fuimos, hiperbólicamente.
Pasan fundiciones del rojo resplandor de los frutos.
Pasan los juegos que amé y odié al mismo tiempo.
Pasa un rostro salpicado de sangre en Gethsemaní.
Pasa un negro sol que no te alivia
(un negro sol que creí ver en un cuadro de Paul Delvaux.)
Los examinas como si los adivinases, sin ojos ya,
o tal vez con ojos ciegos como las arañas.
Me preguntas qué es lo lúcido,
cuándo el advenimiento de la mujer coronada de nardos.
Se despierta la luz.
El río fluye imperfecto, peligroso, miserable,
con la furia de Caín y sus crías.
¡Todos somos intrusos aquí!
La cárcel va creciendo en la lluvia, Jules.
Me desespera su filo. Nunca te consuela.
Ojalá sean mentiras lo que viste en la sombra.
Manuel Lozano
Buenos Aires, septiembre de 2007
-Este poema
cerró la presentación del estudio "El enigma Silvina Ocampo:
La paradoja y lo sublime", de Manuel Lozano, realizada en el
Claridge Hotel, de Buenos Aires, la tarde del 26-IX-2007 -
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