PROBARÉ LOS LÁPICES TAJADOS

 

  Para Frida Kahlo
 
 
 

         Es de la respiración que te hablo, de la palpitante respiración que el frío convertía en vaho de cristales para dibujar una puerta nunca avergonzada por la tenaza del hambre de la vanidad de muerte: bebe, mi escogido, bebe los ácidos de esta profanación tatuada en la lengua hasta el principio del asco.

 

 

 

        Resplandor como amatista cerrada en dos cuerpos que se unen. Pared que reclama, encantamiento que reclama, nada queda del deseo cuando el deseo reclama un hueco de feroz pertenencia entre el derrumbe y la trampa. ¿Cómo estrujarse en la palabra sin la menor despedida? ¿Cómo sobrevivirme a esta figura que embalsama y jamás se abre y es ramera de su propio aliento?

 

 

 

          Siempre la memoria indecente comiéndote las vísceras, enlazándote al costado de un castigo en fuga cubierto de lentejuelas. Pactaré con el sacrificio. El bosque ha de abrir sus bocas -al fin- para que entres disfrazada de muchacho en las alcobas.

 

 

      

         Arrastro las sábanas mordidas por mi verdugo. ¿No era esto lo que yo suplicaba? Argumentos: plácidos rincones. ¿Quién invitó a aquél de ojos blancos fosforeciendo en el umbral de mi jardín perdido? ¿Por qué debo pagar los hilvanes nocturnos? No puede ser el alabado, no puede desvanecerse tan rápidamente como un acertijo nunca resuelto del amanecer. Porque los amaneceres me herían, me sulfuraban, me daban hambre de corazones destrozados por la antigua tapicería que tejen las tinieblas. Pero yo he de decir saqueadora y guerra de menesterosa en la hojarasca, raíz desnuda de lo alto. ¿Pero qué habré de perder del olor a crematorio en mi gesto natal?

 

 

 

       Chimeneas para lamer olvido. Abres la caja y escrutas con la brisa del verano en los huesos, en el mismo canto del zéjel que no has visto: "Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar." ¿Y entonces qué conmemoran estos paredones -te lloras, te sorprendes-, los candiles que trasnochan el falso azul del cobre de mi espejo? Las marmitas del instinto preparan una hoguera bajo tus pies. Ése es otro río, otro insensato donde lavar la cruz envuelta en nardos.

 

 

 

 

       El regreso. ¿Y si hubiera ataduras?

 

 

 

 

         El ruego, es decir la desnudez. Levantas el velo para la adoración. ¡La niña, la conciencia del trono, la virgen majestuosa entre alambres de púa!

 

 

 

 

         Celebrar la hora del grito que avanza en el desierto con anillos rotos.

 

 

 

 

         Allí perforaste mi miedo como una telaraña. Brilla sin fin este contagio.

 

 

 

 

Manuel Lozano

Buenos Aires, febrero-marzo de 2004

 

 

(Este texto inauguró la presentación "De la poesía como cena de máscaras: Tatuaje en fuga de los cuerpos" hecha por Manuel Lozano, en Buenos Aires, el 9 de marzo de 2004, habiendo sido luego publicada por la revista "Oficio", de Monterrey, México.)

 

 

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