Es de la respiración que te hablo, de la
palpitante respiración que el frío convertía en vaho de
cristales para dibujar una puerta nunca avergonzada por la
tenaza del hambre de la vanidad de muerte: bebe, mi
escogido, bebe los ácidos de esta profanación tatuada en la
lengua hasta el principio del asco.
Resplandor
como amatista cerrada en dos cuerpos que se unen. Pared que
reclama, encantamiento que reclama, nada queda del deseo
cuando el deseo reclama un hueco de feroz pertenencia entre
el derrumbe y la trampa. ¿Cómo estrujarse en la palabra sin
la menor despedida? ¿Cómo sobrevivirme a esta figura que
embalsama y jamás se abre y es ramera de su propio aliento?
Siempre
la memoria indecente comiéndote las vísceras, enlazándote al
costado de un castigo en fuga cubierto de lentejuelas.
Pactaré con el sacrificio. El bosque ha de abrir sus bocas
-al fin- para que entres disfrazada de muchacho en las
alcobas.
Arrastro
las sábanas mordidas por mi verdugo. ¿No era esto lo que yo
suplicaba? Argumentos: plácidos rincones. ¿Quién invitó a
aquél de ojos blancos fosforeciendo en el umbral de mi
jardín perdido? ¿Por qué debo pagar los hilvanes nocturnos?
No puede ser el alabado, no puede desvanecerse tan
rápidamente como un acertijo nunca resuelto del amanecer.
Porque los amaneceres me herían, me sulfuraban, me daban
hambre de corazones destrozados por la antigua tapicería que
tejen las tinieblas. Pero yo he de decir saqueadora y guerra
de menesterosa en la hojarasca, raíz desnuda de lo alto.
¿Pero qué habré de perder del olor a crematorio en mi gesto
natal?
Chimeneas
para lamer olvido. Abres la caja y escrutas con la brisa del
verano en los huesos, en el mismo canto del zéjel que no has
visto: "Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos
moradores son como langostas; él extiende los cielos como
una cortina, los despliega como una tienda para morar." ¿Y
entonces qué conmemoran estos paredones -te lloras, te
sorprendes-, los candiles que trasnochan el falso azul del
cobre de mi espejo? Las marmitas del instinto preparan una
hoguera bajo tus pies. Ése es otro río, otro insensato donde
lavar la cruz envuelta en nardos.
El regreso.
¿Y si hubiera ataduras?
El ruego,
es decir la desnudez. Levantas el velo para la adoración.
¡La niña, la conciencia del trono, la virgen majestuosa
entre alambres de púa!
Celebrar
la hora del grito que avanza en el desierto con anillos
rotos.
Allí
perforaste mi miedo como una telaraña. Brilla sin fin este
contagio.
Manuel Lozano
Buenos Aires,
febrero-marzo de 2004
(Este texto
inauguró la presentación "De la poesía como cena de
máscaras: Tatuaje en fuga de los cuerpos" hecha por Manuel
Lozano, en Buenos Aires, el 9 de marzo de 2004, habiendo
sido luego publicada por la revista "Oficio", de Monterrey,
México.)