Desde lo lejano se arrastra
la suntuosa.
No es fácil ignorar su
presencia en este reino a oscuras,
el himno que cantó hasta
sollozarse, disecarse,
acallar las feroces raíces
que vienen desde el mar
y toman de mi raza su cabeza.
¿Quién dirá que es antiguo
este albergue,
que fue habitado por crótalos
y melopeas,
y en su brasa debe arder el
principio?
¿Cómo recuperar el traje
devorado por polillas
hasta la transfiguración del
hijo inmóvil?
Tiemblan las Dominaciones.
Celebran las Potestades.
(Huellas.
Cascotes.
Estuche de sombras del amor
que fuera transformado.
Un mártir.
Este jardín de brazos
sumergiéndose en suburbios.)
¿Y qué es ahora Buenos Aires
más que una pleamar de
astillas en el centro del mundo,
menos que el néctar de sangre
chorreando por los ojos?
Sí, como al Cristo guardián
de los hambrientos
-perdido en las carnicerías
de una murga tan sola-
yo te araño todo el luto,
Buenos Aires.
¡Hay escamas raramente
soberbias en el misterio!
Vi arrojar una invasión de
hombres -su sudor, su escalofrío-
por el filo, al alba, de una
aguja.
Me aposté contra maderas,
contra el humo hirviendo
de la luz quemada muy baldía.
Quise narrar, narrarme,
narrar hasta morirme de vida
en el lugar nunca contado con
las lenguas del viento.
Ansiaba una iluminación como
un aullido
que olvidara la más remota y
altísima palabra.
La que pudo estar en todas
partes, no volverá jamás,
no puede estar de nuestro
lado.
Resultaría difícil retener
siquiera un pliegue
del vestido que crece
y ha de cubrir el mundo.
Manuel Lozano
París, enero de 1995/Buenos Aires, 2006
(Este texto fue especialmente
escrito para "Buenos Aires, hora 0", de Astor Piazzolla.)