¿Quién entorna la puerta en cada recodo donde duermo
y postula apenas -desdeñosa trampa de hechicero, mordaza para el caos,
ennegrecida cuerda para estrangular a los jueces-
la vaga incertidumbre del camino?
Porque no sé dónde estabas, dónde encontrarte, vida mía,
en estos funerales del miedo, en estos acolchados de la muerte
con un ejército de bufones acampando en mis llagas,
aquí mismo en que se nutre de mí toda la sed del huérfano
y hurgo entre las tumbas.
Se desvanecieron los manjares que encendían las bocas,
que apuraban tu pie por el lodo donde el alma es una intrusa
sirviente del espino.
Siempre hubo una autómata en este reino nocturno.
Los peregrinos siguieron temerosos su escaso itinerario de abismo
al contemplarte, al presentir tu grito en el murmullo.
¿No ve la espada incandescente,
no cuenta él todos mis pasos?
El corazón es un castillo invadido por íbices, por cierzos y por ratas.
¿Quién se ríe en este refugio, a solas, sin comprender
al cortejo anunciador,
al insaciable que ya mora en tus entrañas?
¿En cuál nacimiento alguien goza y se alegra y repudia
a las vastas muchedumbres congregadas en honor
del bebé en las pocilgas del odio?
Que le incrusten un lutito a la altura de la débil membrana
(extenuante hasta la desesperación),
un lutito dorado como breve cereza pudriéndose en los ojos.
Y él, con su olvidado clamor de pasado en fuga,
nunca más deslumbrante que hasta el día primero del final
en que olvidas tu cuerpo, en que comes tu cuerpo
entre los desperdicios de un corazón que fue un planeta ardiente,
hará de las distancias un aluvión de desposeídos,
del miedo un veneno insoluble.
Porque las astillas fueron entresacadas de la carne
sin que apareciera el signo indignante de tu camino a ciegas:
La delatora cicatriz bajo el milagro.
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El sortílego ha venido a taladrar los huesos del cordero negro,
aun a expensas de sus pieles, de la férrea palabra que lo nombre
en su idioma de fosas y lamentadores, de amantes repudiadas
consumiendo en su avidez hasta el abrojo, vaciando los odres,
atraído por la muerte (por la memoria de la muerte, por la impura)
que separa la ciénaga del mar
con su hocico de bestia apacentada.
Él no espera.
¿Y dónde queda el brindis de los reyes exiliados?
¿Y qué perdura del olor de las pieles después del amor
cuando esta dicha parece trasvasar los relámpagos del infortunio?
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En ese lecho sepulté mis infiernos de hielo,
junté cenizas para el desesperado que busca su niñez en los andamios.
Asediante estación de trenes, la arena está borrando las pupilas.
Para siempre es hoy con ciegas murallas y con huéspedes enfermos
precipitándose al vacío de este mundo.
¡Inobediente y limado vacío más claro que la perfección!
Para siempre en traje de abandono.
Para siempre con traje de sirvienta difamada.
¿Pero quién rehúsa pronunciarme madera -cara a cara-,
invocar a sus madres con los sonajeros del juicio?
Temen. Ni siquiera oyen los lamentos del lebrel en su guarida,
del conejo incestuoso, de un chacal carnicero por detrás de las rejas,
de la piara sedienta huyendo ahora de los lobos, de la astuta comadreja,
de la cebra invencible en las praderas de una pesadilla celeste,
de aquel ciervo amamantado por tus tiernas manos de nodriza.
Afuera no hay nadie, nunca hay nadie,
ni un rastrojo de deseo enmascarado por las caligrafías de pavor,
un armiño donde el ausente trace el gesto final de despedida
y de pronto cubran de flores su cabeza.
Nadie queda.
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Rugoso desierto congelado en tu vientre, tan cerca de la luz,
el canto sube cuando roban las llaves de este reino.
El trapecista anhelante se ofrece al rito
cuando Lucas Cranach entrevé de su iris bienhechor
la cabeza devorada de toda vigilia.
Áspero refulgente, en el tapiz urde la salida imposible
donde infancia y vejez se transforman en dos brasas
para el cruel exterminio de tus caras de mármol,
desertoras de lo humano.
Si te clavaran en un lívido retrato como si te crucificaran,
él te buscaría por los recodos del mundo
hasta arder en tu máscara por nacimiento y naufragio. .
El sol desprende angustia en esta hora.
La selva inmola a los yacentes sobre un teatro de desapariciones.
Debes partir antes que anochezca,
que te horaden los húmedos filos de un cedro azul de pesadilla.
A lo lejos han matado al padre, cavan una fosa,
mienten los huesos abiertos de su espanto,
deshabitan cada nicho recubierto con seda.
¿Te inclinas, mejilla devorada, sin traicionarme?
¿Qué crimen cometí en esos lavaderos de la furia?
¿En qué caída de un imperio -nada más que con antorchas apagadas-,
soplas sobre un nidal de pétalos escalofriantes?
¿Y llegas a sepultar al de los ojos abiertos, la boca lúgubre?
El cadáver sufre pérdidas visibles.
Todo nombra la conjetura
de decir por amor la mudez del enigma.
Pared leprosa; hilos leprosos.
La fiesta baja perversa un resplandor de viejas melodías.
¿Dónde se rebelarían los vejadores, dónde están los hospitales?
Sé que han dormido el corazón del hombre con los restos del ácido,
que no puedes oír al moribundo que eres
aun cuando cae la noche y el grito fue un sollozo,
que no podrás oír jamás la sílaba con que convocan a tus muertos.
Los peregrinos irrumpen, tallan en la sombra
la inscripción del desierto.
(Y eras con tu ira y tu asco, libre del polvo y las respuestas.)
Afuera no hay nadie.
¿Cómo es que no hay nadie cuando todos imploran
con sus mímicas la entrada al jardín?
Afuera no hay nadie, dirán otras voces.
¿Pero qué vigía habla de la corteza descascarándose
al grito del principio?
Nadie llama aquí -nadie me llama-,
nadie llama con la astilla de la sangre
a exhalar el milagro y sus crueles prodigios.
El viento es cierto.
La mirada es cierta.
Esta voz es cierta.
Crujen. Era esto lo esperabas:
un aroma a neblina flotante en las acequias, un color desolado,
el oscilante samaritano con el anillo de Shakespeare,
el barro hirviente de tu desintegración.
"...de ver que un muladar tan sucio y de mal olor
hiciese huerto de tan suaves flores."
Teresa de Ávila, Su vida,
Capítulo X
Manuel Lozano
Buenos Aires, junio de 1993/diciembre de 2003
(Este texto integra la serie de poemas que recibiera el Primer
Premio Interletras de Madrid, en 2003.) |