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Ceniza,
entrañas de cenizas duermen en el cuerpo por los días
obstinados, pobrísimo en cuevas de deslumbramiento. ¿Cómo
abrirías en la rotación de la madeja el ardiente lenguaje de
una plenitud, otra plenitud? ¿Cómo tragabas los faros de
estupor cuando retrocedía la leve sed entre las tumbas de los
pájaros?
En las aguas
hirvientes de este foso, se balancea una brizna. Perforado
espejo tu cabeza arrastrada hacia adentro, abierta en los
carruajes del desprecio, abrazada por fin hacia los féretros
de la lluvia.
Sacrilegio:
destierro de certezas. Un ángel cavernoso -tan hereje de
noches voraces- se despeña al fin, plateado, aúlla en la
impura grieta de toda memoria.
¿Cómo sobrevivir en estas heladas lluvias de sangre? Hubo
una batalla, un escenario, un ultraje, una vieja humillación
de despojar al alba del rocío que transforma las penas en un
don, en un deseo, en la letárgica rosa del crimen.
¡Cuántas Medeas no reconocerías al borde de tu propia
esfinge, derritiéndose lluvia coronada por la adulación de
memorias! ¡El equipaje es ya anestesia de la distancia entre
el vigía y el vacío que clama!
Se viaja por la anunciación, hereje, hereje, hereje.
Expectadora
sumergida, diezmada por el sueño de abalorios. La jaula está
abierta y aguarda tu melancolía.
Sal de amatista lleva el asedio de mi pena. Reverdece con
dolor sobre el robo de los pliegues de luto de esa misma
fuente que secaron los ojos. ¿Qué será de nosotros sin la ibis
que cabalgó tu mirada, sin la ubicua luz de un triciclo
cubierto por claveles? Conmovedora nobleza la que reina en las
tumbas. He contado las claraboyas del día en que me quedo. He
acuñado una efigie que rueda de trompo hacia baldío, de
enredadera a colibrí. He raspado las nervaduras calientes.
Estás esperando. La colmena se abre y muestra el mausoleo,
los gusanos.
El sueño de
los abalorios rodea a un joven hasta contenerlo. Yo recuerdo
las moscas aún sobre la carne jactanciosa, las firmes
caligrafías del arcoiris cuando una piel agoniza.
Corre la savia bajo el hacha. Entra en guerra la sangre por
los escaparates del deslumbramiento.
Así, arrebolada y amniótica araña, presa de la mayor
extranjería en las cuevas de palacio. Trepa al destello; lo
cruza.
Eras la hija perversa del pacto; quiero decir de la noche
del pacto. Con bolsas bravías de pediguëña de conjuros, allí
donde estés, donde te encuentre la llaga en el costado, donde
seas sólo el animal de sudor que dibuja tu sombra, yo te
nacería: te ampararía en hambre de mi fuga.
Manuel Lozano
Londres, octubre de 2003-12-20
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