AHORA CADA SELVA ESCONDE SU DESIERTO
Cena en las alturas de un reino
que proclama levedad y travesía de volcanes.
¿Qué jaguar vuelto orquídea
nada en la voz del humo su clarividencia?
Entra en el vestíbulo amarillo
un reguero desconcertante del pasado,
de un pasado fulmíneo en que el deslumbramiento
se adoraba hasta los espejismos
del amor, de los trapos de niebla, pero también del éxtasis.
 
 
 
Mis manos, ¿génesis?
Tan sólo huellas con que palpar el mundo
imantándose al alba y desgarrantes
en la perversa inocencia -entre caída y salto-
a la aventura.
 
 
 
En lo ciego de la habitación
la sortílega hermana prepararía los disfraces
que se acurrucan en el cuerpo
repitiendo la arcana tragedia de la especie:
vaho flotando sobre el río febril de ácidos
anochecidos de lombrices venidas de otro tiempo
a flagelar la ilusión del principio.
 
 
 
¡Casas de la lluvia, herrumbres de la pobreza,
escaparates de la infancia en el suburbio!
¡Quién me concediera el llanto más decadente, el coronado!
 
 
 
Memoria,
te desterraron al cangrejal de la furia.
No quisiste volver.
Preferías el agua elemental
silbando extranjería en los pantanos,
cerbatana y Gorgona.
 
 
 
¿Cena de cenizas en lo alto profundo
de la selva?
Talismán de cráneos anterior al hacha,
¿quién escribe tu ánima ignorante de alabastro?
¿Hundir hacia afuera lo que se sumerge?
Fértil la soledad y sus desiertos.
¿Sigue andando sin tregua la bienaventurada?
 
 
 
Me dirías el resplandor
ahora pedregal,
ahora caverna y viento,
ahora zaguanes del cardo (cosmogonías del lobo),
ahora miasma,
ahora pus hirviente en la piel de un guerrero,
ahora cuchillos desparramados del asombro,
ahora habitador de alas de cuervos
sobre la austera tumba de Nijinsky,
ahora requiem,
ahora caníbal, mi Dios,
lamiendo espuma en este exilio sin fin
por Akanikik.
 
 
 
Las glicinas reverdecen -de abismo en abismo-
para el vasto caleidoscopio que estrangula.
Hija, tu cara fue arrasada por el hambre.
¿Hija, hija, hija? ¿Por qué golpeas
el recuerdo de tu madre dormida en esta lluvia?
Hija, tu cuerpo se desgarra
por los muertos que nadie espera ni escucha.
Ella te arrastraba
a la ciega plenitud del abandono,
estría monstruosa que hoy veneras.
¡Hija, levántate y muestra de una vez las llagas!
Vas a construir tu mansión con pieles de murciélago.
Siento un calor indescriptible.
¿Has visto ya los brotes?
 
 
Manuel Lozano
Buenos Aires, octubre de 2007
 
(Este texto inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", correspondiente al 25-X-2007.)

 

 

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