CON ÁNIMA DE FUEGO SUMERGIENTE LUISA VALENZUELA SE PRUEBA LAS MÁSCARAS
El primer recuerdo de mi vida es el chillido del pájaro negro, y después
                 la negra caverna de la mujer abierta para expulsar al ser monstruoso con seis dedos
en cada mano. Nadie, que yo sepa, ha recibido tantos avisos del reino de las tinieblas,
                          nadie mejor que yo ni tan predestinado.
 
                                                                                         Luisa Valenzuela, Cola de lagartija

Abjuración de la fiebre en un país imaginado.
¿Ahora es real,
pero que representa en este vasto teatro
donde babea el arcoiris negro
y río sin mapas hasta llorar en Abisinia?
Piedad de los ojos,
en esas escamas fuiste siempre la desterrada,
la confinada entre los hilos de una rueca ardiendo.
Memoria,
tendré que maldecir tu incesto, tu cruel repetición
de Medea con uñas de tigra violentísima.
 
  
 
Con cada regreso,
salto de un golpe sobre mis posesiones,
lamo la caverna que revela insolencia
y me descrucifico.
Giro, asciendo, vuelvo a girar
derramando sangre donde no hubo,
donde no pude.
Es así la bendición en bruto.
Esta marea te devuelve a los prodigios
frente a las mutaciones de tu raza danzante.
¡Se trasvasa el aullido!
Nadie puede ver cómo de un grito
abres la puerta de la maldición y arrojas los desechos.
De caliente viento labras una máscara.
De herida desnuda comes un antifaz
abundoso de constelaciones.
Regresas, siempre regresas
a lo que heredan estas manos.
Ayer tragabas la noche y su éxtasis,
la genealogía voluptuosa de una soledad
atestiguando desierto.
¿Pero no es del sol esta culebra esfinge
para llamar a los muertos que duermen en tu rito?
 
  
 
¡A ver la carcajada, la máscara triunfal,
transverbérame por Dios!
Sílabas y tijeras, canaletas
donde sumergirme en vuelo frente al muro.
No me pregunten por el después,
yo sólo narro la inconclusa migración desde el principio.
Dibujo tatuajes y los soplo
nada más que con barro y agua de mi reino.
  
 
 
La que llegaba de la nada, con su casa
de amniótico terror a cuestas,
formó en medio de su oscuridad
la cicatriz hundida al centro del infierno.
 
 
 
 
Escuchemos la luz abierta del día entre los días.
Veamos pasar las procesiones.
¡Que se evapore el horror
amamantado en fuga por los matarifes!
¿Y cómo reclamarás con este arpón de fuego
el suntuoso vacío?
 
 
 
Manuel Lozano
Buenos Aires, octubre de 2007
 
 
(Este poema inauguró la emisión de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-,  www.elorodelostigres.com.ar  correspondiente al 1-XI-2007-Homenaje a Luisa Valenzuela.)

 

 

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