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Nunca besé una esfinge camboyana en sueños,
es verdad que la perseguí por corredores lilas que daban a un jardín alucinante
pero mínimo,
lóbrego pero exultante
como luna de Brancusi en plena muerte.
¡Adivíname, sacrificio del fuego
hasta donde llega el vómito de sangre del principio!
¡Vómito, vómito, vómito:
son las palabras del manicomio de alambres de tu genealogía!
Nunca besé una esfinge camboyana en sueños.
Tragué mi canto como Maldoror
en la penumbra de los huesos místicos.
Tragué lava sucia en los pedestales del miedo,
esas columnas rotas para morder la memoria
aún más rota de la fiesta.
¿Plenitud, no eras acaso la noble prostituta?
¡Hasta la infancia tragué con desenfreno,
comí a mis padres en el solo banquete de una sola noche!

Modigliani, Niña con trenzas, Japon, The Nagoya City Art Museum
Alimentos como zumbidos,
migas de la travesía,
plato quebrado por las manos del ciego.
Escapan esas tigras.
Nadie sabe de la raíz creciendo dentro de los frutos,
sin pepitas, sin corazas,
como nidos
y desprendiéndose.

Tumba de Modigliani y Jeanne Hebuterne
Ves una carroza en la tormenta
¿Qué vagabunda se reclina para lamerme
como perra feliz en el incendio?
Cabeza de bronce, cortesana etrusca en exilio,
mirada acusatoria del fracaso,
melancólica mirada,
ojos que pudieran desnacerme
como ramas de fresno contra la sumisión.
Engendro lluvias en Anatolia.
Gimo el trístido sol del solitario.
Negocio amaneceres que se esfuman
por la sangre sin amor de estos pulmones.
Ya nada te ruego,
ni siquiera un madero para mi Gólgota.
Manuel Lozano
Buenos Aires, septiembre de 2009
(Este poema inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", edición temática: "Amadeo Modigliani o el misterio del instinto de la raza -parte II-", del 24-IX-2009)
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