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No me pregunten por las falsas bendiciones, por los falsos frutos colocados en el lugar del trono. ¿Qué le he debido al mundo, mundo? ¿Adónde el cántico de las crueles rotaciones, olvidadas en un soplo? ¿He sido el fiel sirviente hasta vaciarme los huesos? ¿Fui Astarot fornicaria de soles, o un hijo de Baal lanzado al fuego? ¿Azrael, sacratísimo en espejos que no mienten? ¿Comizahualt, tigra rescatada en los desiertos de tu selva?
Estos días son carcoma y legión para los ojos. Corren por mi sangre entregada la forma del brujo numinoso que transforma y escribe en las cortezas. Muelles donde hubo ceguedad.
¿Qué restos del pavor suben entonces a esta tierra? Eran matados con lumbre de espadas invisibles. Pertenecían a la raza de los lamentadores, de los que se revuelcan en la harina final de la amargura. ¿Y las cárceles del agua, victoriosas sobre las cenizas?
Lloré mi desposeída carne hasta arder en hilachas. ¡Siglos, intersticios, diminuto lagar, apenas un murmullo cautivo! Ya no hay tráfico de sombras en la herida de los vivientes. Ahora subo a las riberas de la multiplicación y del salto. Subo.
Mi música profetiza y se abre como un helecho a la lluvia.
Manuel Lozano
Edimburgh, 18 de agosto de 2004
(Este poema inaguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 1-X-2009)
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