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El barro seco en la piel de la tierra
ya no convoca mansedumbres.
Aunque el fascinador diga el temido desierto
(sin el signo redentor, ya lo palpas),
el cadáver se pudre.
En la alta torre, menos que yo
para ver a la desposada con andrajos.
Es la hija del siglo.
Es tu hijastra del siglo.
¿Quién rueda hacia atrás y adelante
sabiendo del sol de los diluvios?
¿Ni el mármol para la plegaria inútil?
Paseas por el jardín de legumbres
erizado de piedras, lacio de infierno.
La cisterna está ciega.
La corona, agravada por huir desde esa herrumbre
hasta la pesadilla.
¿Y el vivirme en estupor antes
de que muera el viento?
¡Jamás, mi queridísima criatura, mi infernal,
ha de morir este viento!
Ayer fue otra orilla del humo.
El viajero conversa todavía con sus sobras:
¡Fuera el valor, el hambre, las cenizas
de un traje de carnaval de mi especie!
Oigo los gritos.
Preveo las disciplinadas cruces subterráneas,
hundidas para siempre.
Sobrevivo a los gritos.
En este descampado no se distraen las sombras.
¿Y mi casa sin puertas?
Ha llegado hasta aquí (pero iluminado,
pero iluminándome,
pero él mismo)
con la cara bestial de toda despedida.
Manuel Lozano
París-Orléans, 2009
(Este poema inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", edición temática: "El absurdo -sin hipónimos- en el arte -Parte II-", bajo la dirección de Manuel Lozano, del 29-X-2009)
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