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ESPLENDOR DE LA LLEGADA

Para Oscar Barney Finn y su incesante Tigridad

 

Arcangélica inmensidad deslizándose en arroyos, vista
allí mismo donde es sombría la piel,
expedición fugaz en busca del ahorcado
durmiendo con magníficos huesos sobre el polvo.
¿Quién palpa a la hidra enroscándose en la fuente?
Demasiado quieto un Gólgota sucio para la piedad.

La luz hambrienta consuma en la cara amarilla el desvarío
donde rotan las gasas y el polen futuro.
Cruje el fuego en las raíces.
El viejo enemigo se hunde en la cama nebulosa
apretando las manos contra el vientre.
¡Rabia, rabia, rabia
y tus hijastros,
y el delicadísimo velo en la escalera!

¿Siempre se despierta dormido en este reino,
aun cuando la incandescencia sube por los cuencos vacíos?
Hubo arañas lamiendo el desaliento de la noche escasa,
agraciando un poniente, persuasivas.
Vi las manadas.
Vi la cínica alegría para después del tiempo.

Los años me acercarían, inútil, distanciado,
a la encubierta madriguera -minucioso y prolijo lazareto-
en que verás morir la muerte.
Así, el viento dispersa a la lluvia,
el humo calumniante borra al espejo de tu llanto,
abierto a las huellas nauseabundas de los cuerpos.
Agora inevitable para ocultar la vida espantosa:
no pactaría con la suerte adversa.

¿Cuántas caras secretas raspó acobardado tu infierno prometido?
La elegía agrieta el aire de tan lejos.
¿Quién habló del frío que se siente cuando se desangra?     
Flota a orillas del mar este sacrificado.
Noche tras noche, siglo tras siglo,
lo devoran las palabras incumplidas, el séquito
altivo de cadáveres hirvientes.

¿No hubo hora de cosechar en esta tierra,
de quemar con hastío los frutos gastados?
¿Qué más esperabas de una naturaleza tétrica como la aurora,
ausente, hermanada en la escarcha, tácita?
Se abre el silbido como una herida.
Entonces escuchamos esa voz, deslumbrados y solos.

 

Manuel Lozano
París, 2009

 

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