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¿Sacia la sangre
la mansión del polen?
¿Qué raíces del mármol
hubo de saciar esta harapienta?
Lúgubre te esparces -omnipotente lastimadura-
en la fiesta tan ígnea
del rayo.
La fiebre nada en la urticante soledad.
Parece un hueco este universo que no cesa.
Se acostumbra a las navajas del circo,
a la historia de la lluvia,
a los tréboles sin fin
alguna vez hermosos bajo los vidrios del día, ,
al silbido de la ilusa fantasma,
ahora -de veras- a la lascivia del barro.
¿Sacia la sed?
¿Aquieta el sosiego turbulento
de la invidencia?
Nadie reclama entre las formas
de la especie más ruín de lo creado: el hombre.
¡Dinastía del humo,
pero ni siquiera el balbuceo roto de la mosca!
¿Y entonces?
¿Qué alumbrarían tus remiendos de fulgor?
¿Lo entiendes?
Palpitante hilacha, caliente heredad de la piel,
nadie ha de salvarte.
iAños y años tragando lava fría
(en el umbral de la selva)
y destijerando escorpiones!
Infatuándose, no mueres por amor a la tierra.
La carcajada es tu infierno.
Manuel Lozano

"Una annélida en Japón"
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