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AGRIPPA VON NETTESHEIM (1486-1535)

 

 

¿Qué límite ha de detenerme en la colina, rojo Chavajoth?
¿Pero qué ungüento, Adramelek vestida de perra
cuando todos duermen
y suena la campana imperceptible de tu profanación?
¿Y el fuego subterráneo que prometía Eloim Gibor,
y el aceite acernical de Sehaltiel
para excavar el ensalmo
trepando como enredadera de cristales que aúllan?


Cerca de la ciudadela comienza el combate.


Fueron abiertos los soles,
los desnudos sellos, los llorados,
los sin vaticinio porque el día vuelve
en el salvaje corazón de una Gracia perversa.
El unigéto canta sobre el muro
cubierto con arterias de viento de mil siglos.
También hablo de risas,
de la bestial carcajada en el vómito.


Cerca de la ciudadela, miríficos y extasiados
escarban los espejismos de la música.


Ahora ves los renunciamientos:
uno tras otro como sitiales de la ruina
soltados
a las últimas playas cenagosas
que no repetirán tu imagen,
sino espesura y tormenta más largas que un luto.


Cerca de la ciudadela, ¿hervor de diamantes
o retablo virgen para el pan de tu cordero?


De la inocencia en la boca,
de esa fragancia alumbrándose entre pinos,
nadie puede ya el susurro.
Jamás la sangre se inclinaría a estas huestes.
Se sumerge la lava.
Se derrite otra puerta.
¿Y qué piel (salobre y perfecta)
acaricias en la noche crecida
junto a los ciervos de la locura?


Cerca de la ciudadela, clavos y martillos y tenazas.


¿Y cuándo llegaste a rogarme entre gemidos
(si acaso Teresa coronada en el viejo hotel
de las jaurías,
si acaso Nathanael, Bautista y Mauricio,
hambreados de degollación,
pero hambreados)
las algas sin alivio de la vida?


Cerca de la ciudadela, resplandeces.


Manuel Lozano

(Este texto inauguró la conferencia "La Soledad habitada en el Renacimiento", Madrid, septiembre de 2004-Derechos registrados)



"Elegancia" -(Foto-Colección de Manuel Lozano, 2010)

 

 

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