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Acuérdate de la raíz de tu heredad.
Lamías y escarbabas fisuras
en el mínimo anfiteatro (irreversible)
de una telaraña.
La escoria de la niebla
al fin disolvía la lluvia precoz y cenicienta
a trasluz
del plumaje en fuga de algún monstruo sumiso.
Era en invierno y mirabas por detrás de los pinos a Watteau, tu padre,
pintar la mítica batalla
donde un dios debe morir descuartizado.
Los restos de la noche
repetían ecos de una marea agujereada
trizándote en jirones
por el hilo amarillo de la antigua visión.
Tuve que entrar en tus pupilas para desnudar
la inercia del vampiro y las mordazas.
Los jazmines profanados,
la yegua encendida como rehén del cielo hacia la tierra,
las lágrimas de ausencia sobre el plato,
el todavía vendaje del temblor en medio de la piel,
el carromato caníbal
y el desenlace inocente,
intercambiaron saqueos por derrumbes.
¿Y dónde la almohada de serpientes, padre Antoine Watteau?
¿Dónde el gorgoteo de un infinito actual
más fuerte que el absurdo del tiempo y sus crías?
¿En el corazón de la fiebre,
en el larguísimo grito de tu sangre de amor?
Manuel Lozano
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"Paseo por el Sena" - (Foto de Dominique Destraud, 2009) |
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