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Jadeas en el día del siglo
como una hijastra en los funerales de la madre inocente.
Tocas la tela, extenuadísima,
como si fuera poca esta fiebre.
Jadeas y exploras
los frutos de un crimen
más acá de los fósiles,
del maderamen sumiso
(obediente y descarnado de la beneficencia.)
¡Ella, la habitada, la habitable,
la que se desmenuza como diamante
quemado en el cerebro!
No hubo quimera en los pantanos.
Escuchas el hervidero secreto del sol
mezclado en el oleaje
y las babas de amor mojan la otra lucidez
de las frutas.
Tus pechos se abren al diluvio imperceptible
de la intercesora.
Con el sayal de cenizas,
busco la sed de una tigra que vuela.
¡Ella, la déspota, la torturadora menos visible
entre los garfios de su heredad maravillosa!
Subes con la verdad de tu mentira.
¿Y qué harás con la cara de payasa,
vampira -al fin- de nuestra cacería?
Charca del escalofrío,
una niña se pudrirá
para siempre y en lo alto.
Manuel Lozano
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"Cofradía de Tigridad" - (Foto-colección de Manuel Lozano, 2010) |
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