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Pulido en agua y huesos sobre la piedra,
desnudo de pavor (tan abierto al frío de un amanecer),
dulce, dulcísimo desangrado,
te dejo para siempre en el bosque.
Vino desde la cruz,
lo vi en la cruz,
lo vi en la lluvia de rocío de la cruz,
lo vi en los ojos del perro que lamieron mi herida,
lo dibujé en la cruz
con aquel pájaro verde
trayendo la ramita de laurel
del regocijo y el vuelo.
¿Cómo te llamaré sobre esta tierra
si ya no eres corazón,
sino este hueco velando por tu vida?
¡Mon vieux complice, mon vieux complice,
diría el borracho de una noche radiante!
¿Y con qué delantales de sol estallarías de nuevo
para bailar la cueca de Los Andes
mi pequeña hermosa, inmensa, lastimada?
Grito después de la cicuta.
Grito después de los volcanes.
Grito después de la heredad.
Grito para nacer
y ver mi corazón en llamas
-sin llanto y sin quejido-
alumbrando.
Manuel Lozano
En Isla Negra, Chile, enero de 2010
(Este poema inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", del 3-VI-2010)
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Manuel Lozano, por Dominique Destraud |
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