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VIOLETA PARRA ACARICIA LA ESPUMA DE SU SANGRE



Maniática tempestad
de volver a la turbia canción
en que se pierden los circos,
nombradía de una casa disuelta en el relámpago.



¿Y él enciende la calle -una vez más-,
con el pasado resquebrajándose al fin de tu delirio:
esta vida?



Si has reescrito el rumor del agua en las pieles predilectas,
árbol o anfibio quemado por el ojo
cuando se incrusta la herida y no supura,
¿adónde escapa mi criatura,
esta cordillera subiendo con su lava ardiente?



Lo dije hasta quebrarme esta sangre.
Acaricio su espuma.
Lo imploré en tu dolor:
¿Dios de la puerta hostil de la fortuna yacente,
de las rameras jubilosas al otro lado del río,
siempre del otro lado?
¿Señor de los faisanes y las calas, de los potros cadavéricos,
de la lechuza y de las chimeneas?



Cuando caiga la tarde de cenizas, habré muerto.
¡Habré muerto con la risa de mis padres,
con mi desnudez revestida de vigilias!



Todos los días abro esta voz regocijada,
sepulto la llave.
Todos los días recorro la feria del sarcasmo.
Todos los días velo mi cadáver.
Todos los días soy Omega y Alfa y hasta el fin.



¿Pero en qué suburbio de esta cercanía me perdona su rostro?


Manuel Lozano 
En Isla Negra, enero de 2010


(Este poema inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", del 17-VI-2010)



José Saramago con Manuel Lozano - (Foto de Jorge Amado y Zélia Gattai - Beca del Ministerio de Asuntos Sociales de España, Málaga, 1993)

 

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