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Ya se encuentra, entre nosotros, reducida a cenizas,
esta luz doblegada por el frío y sus lenguas carnosas
sorbiéndome lo que queda
del fuego recluido en el gesto en que te vas para siempre
de los huesos y la piel y el crujido acechante.
¿Qué otra cosa creíste en tu mansión de piojos
sino este crujido y la carne endurecida y cortante, pudriéndose?
No me turbe la fuga del enigma
como una nube en el fondo de los monasterios.
En este sitio hubo altares y hoy gusanos,
gusanos enroscándose en columnas, en frisos, en el dibujo
de una antigua camelia, en el sótano inundado de cadáveres
que desesperan por salir a la luz antes del polvo:
animales traslúcidos, retoños del porvenir.
La expectación es fugaz, el rugido se desplaza
en escaramuzas alrededor de una prisión ausente
porque todo ha de morir después de visto.
Sin embargo, la trama continúa.
¡Qué fiel representación la de tu cacería,
la del vino agriado, una vez más, entre paredes rotas!
Pero ninguno de tus cuerpos palidece en la aventura.
Subiste corriendo bajo el sol interior de tu iris negro
sin sombreros, sin guantes, sin ropa,
sin teología ni abismos,
con la mayor desnudez encarnándome
y el alma.
Manuel Lozano
París, 2009-Buenos Aires, junio de 2010
(Este texto principió "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor-", programa temático: "Zymunt Bauman y las impermanencias feroces de la modernidad líquida (II)", del 1-VII-2007)
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Gustave Doré, El enigma |
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