¿Y quién, quién reparte los despojos?
Nos dieron cuenta del diluvio y de sus crónicas
tatuadas en la piel del muerto.
Nos hablaban de un despertar pavoroso.
Así la aurora abría heridas para no saber
ninguna de las cosas verdaderas.
La aurora muerde con su sed
al rumor de la brisa contra los cadáveres.
Presentí el sendero, las pisadas
arrastrándose conmigo
en la alameda de espejos
donde me pulverizo hasta Adán y su locura.
¿Y qué trofeo te salva de unas cuantas marionetas
sentadas esperando, aún así, para comerte?
Avaramente, la hiedra florece en el pozo.
Debajo de los muelles escupo con desdén
los cuerpos que se unen a la sombra.
El rey agonizaba, jadeante,
extendido como un monstruo en el chiquero.
Por la puerta ve danzar a su esqueleto heroico.
Es siempre al principio como la vida
esboza, delante de él, su carnaval encantado.
Un intruso implora por la vejez.
¿Y qué otro laberinto que no sepa?
Nadie, nadie, pero nadie restituye la palabra a la boca,
su amor ante el crimen.
Manuel Lozano
Fez, Marruecos, 2001
(Este texto inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", edición temática "Thélema -II-", correspondiente al 9-IX-2010)