Con el mínimo incendio en el cerebro,
con el mínimo incendio y apenas.
Con la inmensa viuda celebrando
los prodigios que rezan
-por los siglos de los siglos-
la encarnada herejía del amor.
¿Qué ruego solicitas al ruego?
Admirabilísima y en gracia baustismal,
te lastimabas hasta donde no puede
calmar el regocijo.
Estriabas la cría la cría de la profanación,
hecha a tu imagen y semejanza
Vivías de vivir en agonía sonora
la tiranía terrible de los favorecidos.
¿Y quién glorifica a la hija del desterrado?
Palpabas la rosa azul mudable
en aquella Judea de palomas y de cuervos
tan librada al azar de los martirios.
Comías de tu carne en mínimas porciones
para ser en la sangre preciosa
un corazón que gira.
Hosanna sin súplicas.
Me rociarás con hisopo
hasta donde estalla el mundo en boca,
en raíz, en clemente madera,
en relámpago abisal
y vuelo de un estigma.
Cuando volviere la procesión,
¿por qué la amantísima ardiente, descrucificada,
y aún así a la vista de todos,
canta la noche de su sed?
¡Azucena negra en mi resurrección!
¡Deshecha sin fin en el tacto, fortaleza
de carne escandalosa emponzoñando a los tréboles!
¡invitada suplicante en mitad de la cueva!
¡Dí tu palabra con la vil perfección
del que duerme en un altar desollante.
Dí tu palabra.
¡Azucena negra de mi resurrección!
La tierra se abrió en grandes tajos.
Manuel Lozano
París, 2009-Buenos Aires, 2010
(Este texto inauguró "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", edición temática: "El hombre descartable-lo trash, lo fágico y el infoentretenimiento", del 14-X-2010)