Carroña donde las astillas del tesoro atraviesan la sangre,
celebran ser astillas,
vuelven por los escaparates del manantial:
corazón arrojado a la tierra que hierve.
Empiezo por la bruma.
Sobrevoló desde el principio inservible
con todas las dinastías aprisionándose al silencio
que desordena y levita
y es nadie en el fondo.
¿Has visto cómo se arroja el viento
sobre el recién nacido,
cómo quiere atragantarlo?
Tampoco te exigí la lluvia –como lábaro-
de la preciosa herencia enterrada en mi boca.
La fiebre en el relámpago, sí,
la sola embaucadora pero verdadera,
me nacía con su prisión de alambres,
con su vejamen de prestidigitadora,
con su cueva de cenizas
donde el pan nunca se sacia.
¿Pude tal vez balbucear
lo que una pesadilla borró de un tajo?
(La luz vierte pesadillas, lo sé,
aún más infernales que el fuego
ocultado detrás de la púrpura.)
Jamás duerme por ti o por los otros.
Ahora puedo llamar desde la enferma vejez
que es la vejez del mundo.
Parpadeante, veo una mosca saliendo del estigma.
Voy hasta ella,
acaricio sus pelos y la como.
¿Tiene clavículas la sangre?
¿Es incorrupta, clementísima, y asciende
en los recodos de la falsa sumisión?
Te pedí a golpes un gesto sobrehumano, Señor.
¡Me vacié las tetas por tu hijo malherido!
¡Empotré la llaga en los cimientos
y construí mi casa sobre ruinas!
Deshice, incrusté y recorté
la imposible carencia de jardín
bajo un sol prohibido.
Fui la leprosa amordazada,
la apenas hablante
en medio del cerebro.
Urgente este combate
entre el rumor poseso del rocío
y las jaulas de la sed
cayendo perdiciones,
y sin embargo agujereada entretela
sin fin en la choza del brujo.
Las memorias, como el día,
fueron hechas para un firme rito de profanación.
Se iluminan los charcos,
deben iluminarse.
¿Cómo podrías descascarar estas madréporas
sumergiéndote
en el centro de la telaraña?
¿Pero cómo abrir esa raíz inclinada a lo perdido?
Los otros delinearon con lila y verde
la cara grasienta de la anciana,
para luego abandonarla
sin perversa dicha ni coraje.
¡Y a pesar de todo pareces la nena embalsamada
en el anfiteatro de los encantamientos!
¿Y los bramidos que oculta el espejuelo
de la más vieja piel vendida en las kermesses?
¿Por qué rocé con mis dedos afilados –subrepticios-
la tienda de harapos
arrastrada en la arena, arrastrándome?
Te reclamé la carcajada feroz que viene desde el llanto, Señor.
Cumplí desde el principio
el deseo de la aprendiz que entierra su corona.
No hubo esperanzas para el aullido.
(Cayó en falso la máscara idiota de la cacería.)
¡Cómo sube el desprecio de tu mansión!
Me encarnaste a la tenaz posesión
que ramifica ceguera y que no duele.
Fuiste el luto frío,
deseado en plena oscuridad
y en un idioma que interroga
y deshila
y salta
y lame.
¿No escuché el resplandor demasiado temprano?
Lloví en piedra encarnizada.
¿No olí la carne inconcebible, tan dulce de un dios,
con la vertílega exactitud de las putas?
Reí en piedra encarnizada.
¿No asistí al segundo diluvio en la cara del león?
No fue Judas, el traicionado, quien arrojó las monedas.
Lo hice yo desde las sogas del circo.
¿Y quién podrá después de todo transcurrir esperando?
Vomito sobre mi cara –cavo así mi vómito-
Por Tu amor que vence al mundo.
Manuel Lozano
(Este poema fue leído por su autor al final de la master-class "La voluntad de imaginación-La imaginación como hacedora en la sociedad y el pensamiento actuales", momentos antes de recibir el título de "Ciudadano Ilustre" por primera vez en la historia de San Francisco -Córdoba-26-XI-2010)