Bajé de la luz hacia los bosques, de la escarcha hasta el sol
con esa tempestad ebria de corteza y de palpitaciones.
Escudriñé la lágrima de un niño jugando a los dados
para ver cómo sangra mi raza de lobo malherido a la vigilia.
Sumergí estatutos.
Curé infinitos rostros, infinitas máscaras:
parodias de lo humano.
Doré los fósiles de traidores al viento
en mi Casa de Revelaciones.
Trituré inmundicias con mis pequeñas manos oscuras,
acosadas por el perfecto temblor de las choza.
Vivifiqué hasta el delirio la humillación y la súplica
de los que han sido sin más preguntas que el amor,
impía feria.
Peregriné, sí, por el guardián sendero de Emaús
que aún me llora con su aroma a magnolias.
Exangüe, mordí el gusano
en las hilachas de mi manto lila.
¡Obstinada palidez en este ronco vacío
que nos repite el mundo!
¡Lumbre de altitud,
heredad que no se nombra, escúchenme!
Así es la noche de oro en que debo olvidar
y aborrecer y escupir frente a los muros,
y soplar el vaho hirviente sobre mi carne.
Por eso subo tan llagado
-a través del blanco hormiguero de criaturas, zumbando en grito
mi estupor y mi hambre-
a este Reino de Fuego.
Manuel Lozano
Buenos Aires, junio de 2005
 |
"María Elena Walsh, su pequeño tigre, y piano" - (Circa 1970) |