Escuché el alarido, pero no era el comienzo.
Los ojos se me vaciaron desde que entré en la cueva,
el iris enturbió el azul
del relámpago increíble en plena aurora.
¡Cómo perseveraste, sangre pavorosa, por esas callejuelas
de gastados nombres,
cómo perseveré siendo la sierva más sierva de las siervas,
enjambrando lodo con desolación!
Escuché el patético alarido de los hombres.
(Vi la orquídea bajo la tierra
tutelando mis huelllas, mi firme cumplimiento,
la inminencia desnuda del naufragio.)
¿Cómo quitaste de un soplo la mordedura rabiosa?
¿Llegaste a derramar el vino con la hiel bajando de lo alto?
Clementísima Emperatriz, tú me rogabas que lo hiciera
sobre el cuerpo llagado de mi hija muerta.
No podía arrojar la botella
y el líquido hervía en su cristal oblicuo.
Escuché el ácido alarido sobre sus párpados.
¿Eran murciélagos de la demencia ancestral de los agónicos,
las madres carcomidas evaluando torturas,
el contristado triunfo de un cachorro amparándose
en el error de otra vigilia?
Clementísima Emperatriz,
¿cómo pudiste desnacerla y tocarla de tránsito roída?
Abrió los ojos, con pequeño llanto los abrió,
con suspendido llanto entre las nubes negras.
Le nacían rosas.
MANUEL LOZANO
HISTORIA BREVE DE LA VIRGEN DE LAS LAJAS
Maria Mueses de Quiñones, empleada doméstica de Juan Torresano, ipialeño, se dirigía a Potosí para visitar a sus parientes y como la sorprendió en la cueva de las Lajas una terrible tempestad, se guareció en la cueva.
Por medio del demonio invocó a la Virgen del Rosario, devocion predicada en Ipiales por los padres dominicos y, en algún momento, sintió que alguien le tocaba la espalda, pero ella no vio a nadie... y siguió rápidamente su camino hacia Potosí.
Días más tarde, fuera ya María Mueses de Quiñones del servicio de la familia Torresano, volvió a Ipiales y, al pasar por la cueva, se sentó en una piedra a descansar, y su hija, Rosa, que era sordomuda, bajándosele de la espalda, empezó a trepar por las piedras, hablando por primera vez:
“Mamá, vea esa mestiza que se ha despeñado con un mesticito en los brazos y dos mestizos a los lados.”
María Mueses cargó a su hija en la espalda y siguió apresuradamente su camino hacia Ipiales en donde sus antiguos patrones no se dejaron convencer de lo que ella les contaba.
Emprendió el regreso y, al pasar por la cueva, la niña dijo:
“Mamá, la mestiza me llama”
Pero María Mueses no hizo caso alguno y prosiguió rápidamente su camino hacia Potosí en donde contó a sus familiares y amigos lo que sucedía en la cueva del río Carchi, y fue objeto de preguntas, habladurías y chismes.
Rosa desaparece
Y, entre tanto, Rosa desapareció de la casa. Acudiendo al llamado de la Mestiza, se había ido a la cueva del Carchi y hacia allá se dirigió también María Mueses, y allá encontró a su hija contemplando el cuadro de la Virgen de las Lajas que María Mueses también vio, y desde ese día comenzaron a traerle flores y velas desebo.
Enfermedad y muerte de Rosa
Al cabo de poco tiempo, Rosa enfermó y luego murió.
Rosa resucita
María Mueses llevó a la Señora de la cueva el cadáver de su hija y, por sus fervientes plegarias, la niña volvió a la vida.
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"Virgen de las lajas" - (Foto colección de Manuel Lozano, 2011) |