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EPIPHONEMA O NUESTRA SEÑORA DE LOS VOLCANES


para María del Pilar Caicedo Escobar


Suele decirse de una espiga habitada trepándose por dentro y por fuera al trabajo sudoroso de las piedras. La cuenta no tiene fin, aunque desencarnes de cruel enterramiento, aunques nazcas -de nuevo- en 1771 o en 2305. Suele decirse de tu llaga creciendo a expensas del terciopelo gastado y del cirial que iluminó la peste.

Te llamaban exploradora. Aparecías en los bordes de una silla, sobre la piel de un largarto, en los bordes de la espuma moribunda que cae de la desamparada boca.

El enjambre comía, limpiaba las herramientas sucias; el enjambre dormía.

¿Qué jamás tiene relevo en tu corazón perforado? Los puñales muestran la irradiación sin pausa, girando y evaporándose sobre la marea interior, hasta caer en la mirada necesaria de un grillo. Curvatura en fuga para el archipiélago doblemente cerrado del idiota. El mármol derrite un tatuaje por los paredones.

¡Y hay algas por los pliegues y la corona baja en el pico de un mirlo a tu cabeza! ¡Y el incendio bienamado y el tifus de la voluntad! Estas ruinas pasaron como aluvión de siglos en el iris. Servilmente, la certidumbre vuelve a inclinarse.

Ahora estás de pie sobre las lindes del cráter y ríes. No te apuras ni rebalsas ni abdicas. ¿Pero qué ahora va a jadear en el bosque que ocultan los volcanes? La inocencia sangrará una flor de edelweis entre las manos. ¡Lo ves: el ahora, el ahora en el tiempo, el secuestro gnoseológico, la representación falaz de los ahoras! 

Más que a toda criatura, llorarán los locos la unción de tu venida.

 

MANUEL LOZANO

"Nuestra Señora de los cráteres" - (Foto intervenida en color por Manuel Lozano, 2011)

 

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