Va dando vueltas como relámpago extremado
desde la piel a los huesos.
Gime por un corazón nunca durmiente,
cuelga de él.
¿De qué tierra me anuncias
y cómo te llamas?
Va sin irse ni llegar
en los andamios de tu lastimadura.
¡Contéstame, acurrúcame, retiéneme
junto al lárguísimo grito del crucificado!
Un puñal no es un puñal
ni madrugador el vacío por detrás de los velos.
Elegida en el trance,
la niña muere de vivir en tu aleluya.
Hay un viento de fuego soplando entre las piedras.
Hay una voz de su cantar
sin edad ni tiranía por el fuego.
Hay reinos de maldición y sanguijuelas
ya aplastados por la rosa amarilla.
Hay pródigo yacer en la subida.
Hay un huerto.
Hay doce estrellas.
Hay destilada miel.
Hay astillas de un amor
en los ojos del ciervo.
Hay lluvias acendrándose, núbiles.
Hay un celeste inenarrable en esa boca
que dice sin pronunciar, que mira y vuela.
Redentorísima en la alegría del sol,
¿qué arroyo no deja de anegar nuestra sangre?
Bienaventurada en la alegría del sol,
¿quién dará agua a mi cabeza?
Escarnecida en el dolor de Tu hijo,
cada día te coronan.
MANUEL LOZANO
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Imagen de Bernardette |