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EN LA JUNGLA SIN SOSIEGO DE LOS DÍAS


Para Leonor Fini y Jean Genet


La irradiación del solsticio regresaría desde Micenas
con la proteica brevedad de los ojos de un búho.
¿Golpeaste aquí en los ladrillos
desligados de la lluvia
mareante de miradas,
blandos y oleaginosos contra las vértebras
ya sumisas de la huída?
Ese pasaje fue desenterrado para ustedes,
cachorros de la demolición.
Estos vidrios empañaron la entrada.
¡Ahora son los herreros quienes llegan -vacíamente suntuosos-
a ordenar las claves
como costras azafranándose,
como arena húmeda en la piel de los ciervos,
como pequeñísimas alas de moscas dispersas en el plato!

Un infierno táctil, una sobrenaturaleza:
el asilo para consumar el alfabeto único del hambre.

¿Adonde callaron los trapos
la curvatura del color y el gesto mínimo del ritmo?
El pelícano traga un coágulo de sangre.
En la bandada, oirías el juego.
En el patio de la cárcel,
la sumergida mansión de tu heráldica imantada.

El antifaz es un cuchillo.
Gotea agua transparente por los ojos.

¿Qué gnoseología mengua frente a las murallas?
Tamboriles y sectas descascaran tus pasos.
Las peonías mastican el generoso aire del verano
como si fueran perras del furor en el destierro.
En esta luz nocturna glorificas, rocías, saqueas
tu propio esqueleto de algas.
¿Y de cuáles transparencias reiría la luz
abriendo a martillazos la mayor puerta,
y aun así en espirales,
y contra-exequias,
y apuñalando el vómito hasta la conversión?

Luz extremada,
yo te busqué en esas pesadillas.

 

Manuel Lozano

París, junio de 2009

Manuel Lozano, por Pía Paz Quintana

 

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