A orillas de El Tajo,
siempre en los bordes del agua luminosa que se ciega
y sentada en alto trono,
junto a las piedras verdes (ayer deidades benéficas o crueles),
baila una niña de tres años.
El viento del solsticio puede borrar su cara hermosa.
Las migraciones de pájaros anhelan el regreso
porque no saben que han regresado ya a la comarca.
¿Con qué desenfado hablaste
no en roman paladín sino en extrañas lenguas
que entendieron mis manos?
Porque tu idioma era del viento
y se tocaba en cada trozo de piel
como un tenue cristal que no se rompe.
Toda la Villa Real vio a la niña,
pero lóbregamente,
bañada en luz solar de un mediodía de junio.
Sólo este monje mísero y vil
-con primitivo fervor de verso alejandrino-,
escucha la voz de la Gloriosa:
y la voz es una niña crecida en soledad,
apenas de tres años,
bailando mi alegría inextinguible,
alta y oscilante
y anónima como El Tajo.
Manuel Lozano
Toledo, 2009
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"Una imagen de la Virgen Niña" - (Foto colección de Manuel Lozano, 2011) |