Rey que sobrevive a las sombras y al sol:
el vapor de un tren antiguo anuncia tu llegada.
¿Qué túnica silbaría la jadeante canción
de liberado rehén
frente al viento, único idioma de la noche?
Hay que hablar con la garganta tajeada.
(Hubo que enceguecer la garganta.)
¿Con cuántas estrellas fugaces
iba acercándose el deseo?
¿Era apenas el grito albahaca, el grito aromo,
el grito arrojado sin final
a la humareda de las alucinaciones?
Zafiro con halo de diamantes.
La abuela apaga la luz del dormitorio
y no puedo ya entrever la araña con sirenas.
Escucho sus pasos, un ruido de cucharas,
un rumor que interroga
como un soplo o una bujía
chocando entre paredes.
¿En qué remolinos volverán las preguntas?
¿Cómo recobraré aquel tiempo de las lluvias
y el inflexible aullido
de las premonición?
La fiebre es afín al desierto.
Escarba lo que no ve,
reverbera las antiguas hazañas del que se iba
ocultando el adiós
frente a una casa cubierta de tules,
hundida, masacrada.
Digo el instante en que los comensales
llegan al banquete nutricio.
Nada ahuyenta la perplejidad
del jardín exultado,
la lujuriosa fotografía
de la felicidad o del límite.
Escribo con un crisol de centinelas y picos de cuervos
que podrían destrozar tus pupilas.
Son inflexibles como una mordedura,
una maldición,
un vestigio del castigo.
Por ellos transcurren los relámpagos y la nieve:
mis promesantes.
Manuel Lozano
Budapest, 2005
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"Esplendidez de un zafiro - (Foto colección de Manuel Lozano) |