¿Cómo aquel bramido se convirtió en cicatriz
para añorar los itinerarios
amantes en sílabas extrañas?
Tantas noches desnudando vísceras,
castrando los ojos del castigo!
La eucaristía negra entraba en tu devota mansión.
Para mi natalicio hubo trepidaciones,
lastimaduras como descubrimientos,
lluvias desbocadas,
cuerpos como alambiques de títeres de Dios,
dragones ovillados debajo de una roca,
y un diamante que fosforecía
en medio del cerebro.
La disolución del cristal fue otorgada en el insomnio.
Los tributos hubieron de doler:la más alta lujuria pagaría por ellos.
Es así cuando entonces
la llanura se ahondaba por el iris
con olor a barro en el umbral de la desgracia.
Los arcángeles ofrecen la copa de la rebelión.
¿Quién cavará en el grito, desdeñando inocencias,
porque inocencia es muerte?
Reverbero lo inextinguible,
lo que oscila a tientas,
lo que aún después, sólo después,
un mar de sargazos
encerrado en el ebrio ataúd de zafiros
sin bisturíes
para la imantación.
Manuel Lozano
París, junio de 2010-Buenos Aires, agosto de 2011
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"Maqueta del Templo de Jerusalén en tiempos de Jesucristo" - (Museo de Israel-Foto colección de Manuel Lozano) |