Habitaban la arena;
la arena sellaba sus pies llagados hasta la incertidumbre.
Comían los frutos de la más triste anunciadora.
¿Qué espera hay sin dolor, cachorros míos,
propiciatorios del trino en la tormenta?
Caminaban la música, sus pequeñas cimitarras,
como un oasis buscando oasis
más acá del entrevelo de una vigilia.
El primer día estaba oscuro, abierto el sepulcro.
Pensé en transformaciones, antes ajenas
al pensamiento que congrega multitudes.
Con estupor, desgarré la tela incorruptible
labrada por generaciones
bajo soles y rocíos de luna inenarrables.
¿Qué es esto?
¿Por qué llegué hasta aquí,
hasta la tierra de las primeras cunas de Dios?
¿Y aquella diosa sin cabeza y de ojos vacíos
ya comida por las ratas?
Me vistieron con brocado púrpura.
Me obligaron a abluciones con salitre
en el pozo de las maldición.
Engarzaron mi cuerpo con corales y con oro
alabando una luz que no veía,
engendrando los hijos del pavor (no nacidos de la sangre.)
Y ahora, ¿qué regocijos de mi entraña
pudo haber llegado a las tribus?
¿Quién desató las ligaduras
en el palacio de esponsales?
Con el tiempo, que acaso fueron décadas o días,
me veneraron;
me veneraron con el horror sagrado
que prodigan los ídolos.
Concibieron para mi alegoría dos instrumentos posibles,
dos culebras del tiempo:
la rueca y el tejido.
Manuel Lozano
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Manuel Lozano, fotografiado por Silvina Ocampo y Bioy Casares |