Has entrado en la tumba; la has escrutado en sus mínimos detalles
tan sólo para ver qué fuego lustral sobrevive
y multiplica.
Hubo alimentos aquí: bocas hambrientas
sahumaban antiguos días, días como cerbatanas,
días intolerables, días dadivosos.
¿Por qué anduve sobre la tierra
con este cuerpo enredadera de vértigos?
Árboles de vidrio miré,
esfinges aún más antiguas que las que fascinaron a Herodoto.
Pero mi esfinge sangraba en pedestales.
¿Por qué el buscado amanuense -casi inconcebible a la razón-
se perdía entre túneles y arterias?
Lo dí todo,
desde el sarcasmo atareado al menos resentido amor
con claraboyas nocturnas para la despedida.
No sé si mi última cara corresponde al último día
en que los ojos vieron los cedros de Châtenay-Malobry.
Las lágrimas tejían con la arena del bosque
un brújula derramada al viento.
Manuel Lozano
-Todos los derechos registrados.-
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"Arboterum" en Châtenay-Malobry, pueblo donde muriera Prudhomme en 1907 |