Desgarradura en la tela de los días.
Ciertamente las mordazas vuelan en el fondo del prisma.
¿De dónde vienen estos hijos desnudos?
Giro y giro y giro
en el líquido amniótico (celeste velado)
y, más atrás, encuentro hélices.
La proa se abre hasta el amanecer.
Me levanto para bendecir a un dios
que no me conoce.
¿Quién apremia a quién en esta cueva?
¿Qué relámpago baila entre las tumbas?
Ahí van y crecen sobre los guijarros,
incluso enceguecidos de implorar piedad
al que no escucha.
¿Recuerdas cuando te escribía:
si hablo entre los médanos, no cesa mi dolor;
y si dejo de hablar, no se aparta de mí?
Manuel Lozano
Estambul, enero de 2012
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"Agoyingard", de William Blake |