Regreso, hombre de piel azul, herético imposible,
sólo para ver mi camino de esfinges con cabezas de toro.
Es la noche del siglo más propicia
para la veneración clandestina entre columnas.
No tengo padres ni hermanos.
Murieron en el diluvio aquel de las serpientes doradas
que ningún escriba relatará.
Exuberado irrevocable,
Señor de todos los vientos, alma del viento,
Señor de los tronos de las dos tierras,
Señor que habitas en la urdimbre llagante del mundo,
Amón Ra,
¿cómo terminarías de parir en tu mirada
mi celebración y mi duelo?
El disfraz va creciendo con las primeras luces.
Sé que jamás me ahogarías
en tu cruel laberinto de migajas.
Me vestí de hombre para salvar a unos pocos,
oculté toda forma de mujer sobre los atavíos,
minuciosamente pinté en mi cara
la rígida barbilla de Faraón.
Abjuré de mi hijo traidor y los sirvientes.
El único legado soy yo misma:
Hatshepsut, la más piadosa de las reinas.
Manuel Lozano
Egipto, templo de Karnak, 2012
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"Manuel Lozano junto al camino de esfinges en Karnak" - (Foto de John Hall, febrero de 2012) |