I.
El emperador verá cómo su sangre cae en un charco. No hay piedad, ni Gracia, ni pesebres. Ríe la nada.
II.
Las mantillas y juguetes trepan el biombo de marfil. Haces una casa con tus muñecas (las sin piel, las desangrantes.) La niña lanza un grito. Un ángel mama de la claridad.
III.
Diríase que teje una corona.
Diríase que clavan espinas en la frente.
IV.
Muchedumbres se prosternan al relámpago. Me arrebujo entre las zarpas de la contemplación.
V.
¡Yo predigo la fraternidad invasora, la placentera emboscada!
VI.
Nemrod caminaría junto a las ruedas del castigo, astilladas por la hierba encendida. Del duelo nace el germen.
VII.
Lo que rodea al hombre, no merece una lágrima: merece monstruos.
VIII.
Él será cortado antes de tiempo y sus brotes no reverdecerán. Él perderá su agraz, como la vid o el olivo, hasta la flor.
IX.
Detrás sale la luz. Ha partido del naufragio.
X.
Entonces, ¿adónde el himeneo de las aguas profundísimas, el surco, las poleas?
XI.
Ni el secreto vencerá a la esfinge. Ni Jesucristo es desclavado.
XII.
Lo creemos ausente. Fue proscripto. Pero está de nuevo aquí.
XIII.
Hubo un enjambre de arrecifes viendo el precipicio. El ensimismamiento del ser no ofrecía holocausto.
XIV.
El océano se coagula en el iris.
XV.
¡Un porvenir! ¿Quién lo engendra? ¿Qué caracol babeante? El extendido pabellón de luto (cicatrices y harapos) vigila sin cesar la insolencia.
XVI.
Los ujieres del grito dicen la orden que abarca el teatro. El bravío, el abisal.
Manuel Lozano
Universidad de El Cairo, febrero de 2012
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"Cielo de René Magritte" |