Viajas por el ensueño de un dios que ya es un monstruo. Viajas hacia el monstruo. Viajas con un medallón de oro y cicatrices. Con tus dádivas al viento, viajas.
La llanura se derrama por los bordes del río primordial.
¿Hubiste mirado la flor de púrpura, de llagas concéntricas?
Si vieras la belleza, te incrustarías
en la herida abisal de toda boca,
sentirías un colmillo ardiente desde el gemido,
el puñal azul y pavoroso de las profanaciones.
Cada hombre conoce su puerta de intemperie. Álgebra de estupor. Musgo creciendo entre los huesos.
¿No me reconoces?
¿Estabas en el templo, allá en lo alto?
¿Te arrastrabas en el múltiple lodo
que jamás traiciona al visitante?
¡Anda y finge piedad!
El universo rota en espirales.
¿Quieres la lástima, la obscena rosa encubierta de tus hijas?
Canta la agonía.
Crucifica en el atardecer
un inmenso pájaro de plumas verdes.
La cárcel -húmeda y ayer tenaz- será abierta por un niño vuelto cera de su especie.
Lakshmí, Venus, Astaroth, Freya,
Ihstar, Milita y Cifris,
eran objetos que guardaban un símbolo:
el mismo clandestino amor bajo el desierto.
Manuel Lozano
Egipto, Alejandría, febrero de 2012
 |
"Bosque de Oma, pintado por Agustín Ibarrola" |