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PIERRE DE BEAUVAIS HABLA CON LA BESTIA

a Clyde de Montjardin, en Parísl

 

Aire desmemoriándose, lluvia del aire, paredones donde hubieras separado
el grito de la mirada de tu madre sideral (última letra del alfabeto),
recorriendo con el tacto cada ladrillo del persistente escudo:
ese triángulo, esa colmena, ese tatuaje por sobrevivir.
Me heredaron las aguas de un instante sellado pero movedizo
hacia el interior de un inmenso esqueleto
que es ahora mansión de tus crías.
¡Los hijos!
¡Nada más que tus inmundas crías
abandonadas a la piel fastuosa y escurridiza del vértigo!
Creí.
Me encaminé a las arras del amor en la palabra que descubre.
¡Las hijas!
Títeres de vapor en la sabia curvatura de lo sumergido.
Mi sueño era glorioso entre los surtidores de la niebla.
Veía en el centro del castillo la figura del tiempo
como la viciosa, deslumbrada mujer de las anamorfosis.
Su capa subía por la tangente del relámpago
hasta la rueda que confunde resplandor con vuelo
de alondra entre cadáveres.
El barro es blanco aquí. Dicen que sagrados
los ídolos con plumas incrustadas y exactamente rojas
al atardecer.
Ellos tornan a la vida, carbunclo y abismo,
en busca del anillo de cenizas que Heliogábalo enterrara.
¿Nací en el siglo equivocado, tal vez como todos los hombres,
misericorde entre los círculos concéntricos del fuego?
Cerbero recostándome a solas en mi cueva,
sólo mi sombra será guardiana de los peldaños rotos
por el pico de este engendro.
Es verdad que lo dibujé -a tientas- en cierta pesadilla
de mi juventud.
Pero en el desierto acaricié las plumas, descubriendo
su idioma avaricioso.
Cabeza de gallo, cola de serpiente y cuerpo de sapo,
-padre de un cielo que no habito-,
vivo sorbiendo la miel de su fulgor nocturno.

 

MANUEL LOZANO
Menfis, Egipto, 2012

Foto colección Manuel Lozano.

 

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