De antaño recobraba los gestos del perfecto ritual.
Signos hasta donde el sol se pone,
alumbramientos que resuenan en las bujías de la imantación,
yo salgo por las cambiantes pieles
de mis extrañamientos.
Son enormes las caléndulas lamiéndose en pabellones olvidados
de hospitales sin huéspedes, girando.
Las interrogo, lloradamente, mientras vuelo
sobre los cráteres de la misericordia.
Como si recorriese una pradera,
veo el delirio, la lepra y su consumación.
Están todos sentados a la mesa del escalofrío.
Veo alimañas en platos con rebordes de oro.
¿Las comerán en la vigilia,
la aprisionada, la centinela, la hambrienta,
la que convierte en código secreto
cada palabra exhalante de tu boca?
¿Quién guardará las sobras?
¿Con qué cucharones de impostura o de desolación
huirá por los recodos
sin llegar jamás a la ciudadela de mármol?
Podría creer en maquinarias que aúllen
por quienes permanecen -ensortijados-
al recuerdo.
Pero el recuerdo es nada más que un gemido
perdiéndose en fatigadas lluvias
que fueran ayer aluviones.
El corazón ha mirado el mágico gabinete
con destellos exultantes, sin tiempo.
Presiento el latido.
Es que ellas se arrastran desde la arena inhóspita
al solitario huerto de la hoguera.
Manuel Lozano
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Henry Fuselli, The night-hag visiting lapland witches |