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APARIENCIA DE JOHN KEATS ENTRE UVAS Y ALMENDRAS

 

 

Regresarías sin un código secreto, caminando sobre las aguas de lascivia,
probablemente embadurnado por los gemidos de un tiempo
que no conociste.
Londres lindaba con la aurora de las tumbas.
Los portones debían de abrirse para el deslumbramiento nupcial
de las garzas y las cariadas lápidas
principiando un más allá desvanecido, tal vez asombrado
en la mirada de los hombres.
¡Qué fácil era hundir la espada de jacinto entre las olas!
¡Cuánta hermosa verdad se enfriaba
en los labios de los despidientes!
Londres lindaba con las magnéticas jaurías del olvido,
las más fabuladoras.
Escritura alimaña,
regresa como yo para envolverme de impiedad
lo mismo que en tu madriguera.
La fiebre baja de lo alto, como un hilo eléctrico,
como la mordedura del áspid en el desierto que crece.
Nadie puede suplicarte un tatuaje
para cubrir la cara de los muertos, la sangre seca,
el corazón agusanado
nada más que por un breve instante del mundo.
Todavía brillan las sedas y los tules,
el barniz de un féretro borrado por la lluvia.
¿Pero no viste la extraña procesión de ciegos
guiando a otros ciegos al abismo?
Para seguir poblando esta leyenda,
la lluvia borrará el nombre de John Keats
en la memoria insostenible de los necios.
(Los necios son mendigos:
esperan siempre las migajas de un plato vaciado.)
La perduración se cumple en esta casa.
Vuelvo a habitar mi universo
en las uvas dulcísimas del peligro
y en las almendras amargas del amor.

 

Manuel Lozano

Leonor Fini, "Les deux cranes"

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