Y así fue. El hielo negro entró en tus sótanos, poseído
de lascivia hasta la muerte,
aferrándose al declive del sol en las praderas.
Gorgojos, luminares, arañas,
son habitados por la majestad de una boca submarina
debajo de otra boca,
debajo del tejado.
El humo grita en el útero de la substantia.
Es un lenguaje para recrear la tierra prometida:
tu cielo personal, tu infierno personal.
¿Cómo llegaste a Heliópolis? ¿Cómo te entronizaron, cabezas abajo,
en un atardecer de Mallarmé,
dibujando el devenir del ser en ausencia?
Había columnas con inscripciones liminares.
Allí leyeron el idioma del relámpago en la casa del hombre.
Nadie se inclinaba, ni siquiera los sirvientes.
Los antifaces vuelan.
Cuando se hacen las tinieblas, no hay ley
que no te derribe
o carcajada que te salve.
Prenatal, siglos de la ceremonia
en que los trópicos alucinan las pocilgas.
¿Ya ves el triple rostro de caballo, perro y pordiosera?
Hambriento el patíbulo. Fosforece
en los muelles inmensos de la injuria.
Amante y ladrona con espumas sublunares,
debiste sortear la genealogía de murallas
para encontrar la matriz de la consumación.
Me entierro en el idioma de los pájaros.
Hablo y profetizo por su sangre.
Manuel Lozano