YA CASI NADIE NACE

Para Ernesto Kahan

 
Al final de la callejuela, el mar
corrompe en los ojos su genealogía.
Hambre y dolor desde el principio
bailan la danza macabra
hasta la carcajada donde nadie espera:
muro de los lamentos estallando en giros.
¿Quién olvida, quién olvida, quién?


Traspasaron los códigos,
escupieron sin tregua en los ríos
el ácido de la satisfacción.
Llaga,
¿qué haré si no te veo?
Traición,
haz que se estrangulen tus raíces.
Fuego abundoso de Adán,
¿así pudrían la sangre
en los muladares del exterminador, siempre distinto?


Canaletas de agua negra, verídicas
por amor al espejo,
pasto de gusanos en el centro de la sed.
(Debajo de la luz que hierve, la guerra mastica.
Debajo de la luz que hierve, la hiena disfrazada de pastora.
Debajo de la luz, la guerra comiendo al primero y al último.)


Perviertes las ruinas de la flagelación.
Flota un cadáver sobre las aguas,
¿o no es la herida musgosa de la especie
la que flota entre nosotros?
Toda leyenda dice del vaso vuelto agujas
y de un arca vacía en Abisinia.


La noche,
la más noche entre las noches de tu gran abandono,
pagará la piedad en un asilo de dementes.
¿Oyes el silbido, el desatinado, el que amabas?
¿Y quién empolvaría entonces ese ardor
cayendo -así- por la máscara?
Ya casi nadie nace.


Manuel Lozano
Buenos Aires, noviembre de 2007


(Este texto inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor", correspondiente al 8-XI-2007.)

 

 

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