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Besabas a un
colibrí sepultado en la sal.
(Te besaban en la
crucifixión.)
Besabas al traidor
que finge
el agua negra con
el agua lila.
(Te besaban
rociado en arcoiris.)
Besabas al
nosotros
cuando nadie vela
entre tú y yo.
(Te besaban con
filo de cuchillas
palpando bordes de
la mirada sortílega.)
Besabas al maniquí
de ojos empedernidamente llagados.
(Te besaban
dormido
aun cuando el
sueño se corona.)
Besabas al borroso
temblor de los días.
(Te besaban en el
espejo claustral del delirio.)
Besabas al hijo
que no cesa.
(Te besaban
recibido con fiesta en el infierno.)
Besabas a la
hija de la voz,
la que liba su
agonía frente a un ángel.
(Te besaban
-victoriosos- los concebidos
en la vergënza
del siervo.)
Besabas al niño
taumaturgo descifrador de nubes.
(Te besaban los
desahuciados cavando
en la tempestad y
las limosnerías.)
Besabas a la
muerte más muerte
que nunca regresa
con manos vaciadas.
(Te besaban los
piadosos con áncora de perdición.)
Besabas al fósil
riendo en cada pesadilla.
(Te besaban los
que salen
a ver el desierto
cada mil años.)
Besabas las ruinas
de un palacio de esponsales.
(Te besaban
levantando los sellos
que engendran la
morada secreta.)
¿Y adónde los
amaestrados de purísima sangre,
incluso mis
tigras,
incluso mis
tigres,
tan
inmerecidamente?
Manuel
Lozano
París,
julio de 2007
(Este texto
inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de
Autor-", correspondiente al 15-XI-2007-Pertenece al capítulo "Piazzollianas"
del libro Mansión Artaud.) |