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Si era terrible su presencia como un sol en la aurora,
sencillamente implacable desde la lejanía,
qué ardiente predestinación no nos enfrenta
a
vida prometida en esta adversidad de suburbio.
Una flor amarilla, simiente de un futuro imprevisto,
perece en la tierra acobardada.
Un secreto fue dispuesto en la luz del arrequive.
Dudoso y entrañable,
¡me igualo a la muerte como al sueño rojizo
de tus lámparas de vidrio subiendo y subiendo!
¿Adónde el camino ya usurpado desde el principio
en que el cataclismo era un rumor?
En los declives arrincono la apoteosis.
Las piedras gesticulan, ubicuamente, perdición,
cansado alfabeto hacia la sangre.
Llueve infinito en la corteza.
Antes, un pájaro calcaba este cielo,
rubricaba el final sobre la selva esplendente.
El venerado lobo, los frutos inhallables,
los ropajes manchados interrogando al goce sus cenizas,
las ofrendas visibles
y
todo el aullido a condición de caer,
fermentan entre las inscripciones.
Junto al coro de deshabitados me dispuse
a
cantar hasta el fondo.
No llegué, por estas muchedumbres, a la puerta
injuriosa
con los puños cerrados.
¿Hasta aquí cicatrizan los harapos del nunca?
La ciudad se abría como un dios o una cárcel
para mí mismo y la sombra.
Manuel Lozano
París, julio de 2007 |