Fulgura
un teatro febril de representaciones. Prisionero, carnal,
antiguo. Y siempre los círculos de la tierra y del agua.
Para una
tumba sin nombre
Gotas de lluvia sobre las
inscripciones rotas. Gotas reverberantes como atizadores
para la tormenta cercana. ¡No hay más que una suntuosa
posesión en este reino! Abro la boca y me desnudo en el
sarcástico olor de la muerte. ¿Pero quién es ella, pero
quién es ella?
Para que la
noche sea propicia
Vuelvo a escuchar un vals en esta jaula de cuchillos.
Entonces te encerraban con cabeza humana a la metamorfosis
en trance. Sala de tortura, ¿sumerges y lames o masticas los
espejos de esta fruta negra?
Hubo que aspirar el polen
delirante de los gritos ocultos en la cajita de música del
muelle. Pero no hubo hechicero, pero no hubo.
Para la
bailarina con crótalos
La
sangre más afuera del luto. Aletear en la ceremonia una
palabra vuelta cuerpo, vuelta cenizas, vuelta cuerpo. La
fascinación del naufragio dice por mí el soplo.
Para la
cortesana egipcia
Candiles en la morada tenebrosa. Me prosterno. Duele doler
la música en esta guarida de la marioneta. ¡Haberme ido
hasta el éxtasis y recordarte quemada,
astillada, desparramándote por el adverso celofán de la
noche!
Para
agradecer la lluvia matinal
Macabra pureza la piel que afila tus edades. ¿Dónde viene
golpeando origen, bendiciendo bosques y caballos?
Nacaranda.
Nacaranda.
Nacaranda.
Nacaranda.
Nacaranda, ¿así que brotas de una pesadilla?