El
miedo perduraba como un fruto extraño sobre ellos. Tan
antiguo, oscilante, con las pequeñas garras que preguntaban
desde la intemperie por sus hijos abandonados, por este cruel
bostezo llenando de trapos amarillos la invitación a quedarse.
Dios te salve, llena eres de Gracia.
¿Qué Salomé tatuada combate aún con Mesalina?
Agujereado talco sobre la piel de la gruta cuando mueres de tu
muerte primera, piel del derrumbe. Así los infiernos
prometidos, los adoradores viciosos de la carroña.
¡Cuánta lepra divinamente arando en tus desiertos! El teatro
-sus síntomas, sus exámenes de alucinación- rastrea lo que ya
no está en ti. ¿Qué argumento se te ocurre para la penumbra?
¿Es que ninguna huella es Él para esta epifanía? Dios te
salve, llena eres de Gracia.
De río en río, ars poetica, hube de llegar a ese umbral
que labra música bajo un telar de fuego. El cuerpo invade y
redime: Carmesí, violeta, índigo para las flores custodiadoras.
El cuerpo adivina la gota de sangre en los pórticos de
Siracusa. ¿Y qué diremos del quinto sol y sus misterios de
nieve? ¿Cuántas hierbas crecerán en estos ojos abiertos por el
muro? ¿Y yo que miré las cunas estragadas por el tul? Los
surtidores buscan vidrios en el tejado. Dios te salve,
llena eres de Gracia.
Básteme saber la sospecha.
Básteme flamear por las tumbas.
Básteme arrastrar la semilla imantada que nos
profanará.
Básteme la lluvia, todopoderosa.
Básteme el vacío crucificado en el sexo.
Básteme el aletazo.
Apenas atravieso la mansión, me diluyo en
soledumbres. Jamás volví a encontrar el Cristo esférico de la
visión instantánea. A veces, entre el monstruo y yo se
superponen ropajes, hilos erizados, puntillas embebidas con el
dulce humo de otras muertes. Son las raíces del desquiciador
de festines. ¿Y qué escribir de las madrigueras donde
desenterraste el asco de ser un asesino de realidades?
Dios te salve, llena eres de Gracia.
Hablan de presentir (como las llagas) el veneno
que se acerca. Reconocimiento de una memoria primal, me
recortan y multiplican en estos pabellones. Alguien danzó en
la jaula, aquel grabó los signos que son -ahora- expiaciones.
Una mancha va tiñendo el brazo. Dios te salve, llena eres
de Gracia.
Marjales empequeñecían tu sumersión. Que vacíen la
careta disfrazada de rostro. Que el grito aparezca. ¿Entonces
fondearás la desesperanza de permanecer errante, para siempre
herida por el rayo? Hace siete días que me incendio y es
inútil. Ya no sé de este fuego. Ya no sé de esta agua cruel
que me perdona. Ya no sé de esta noche donde acuesto mi vida
con la sed inalcanzable. Ya no sé despertar. Dios te
salve, llena eres de Gracia.
No roas el hueso de esta ofrenda. Nunca hubo. Nunca
inició el centro exacto de su rito. Ahora el pasado es
herrumbre y voy nombrando, como todos, las moradas y el
llanto. Invento lo que me alumbra al borde de las telarañas
ciegas en su fuga, ciegas de llegar hasta el vértigo.
Dios, te salve, llena eres de Gracia.
Verás el día final de ese otro que bajó a los altares. Me
empaparás con tu caldo de abrojos el baldío inminente
de la noche. ¿Cómo es la sombra Del-Que-Se-Devora? ¿Cuál es mi
noche? Verde y fría y con marejadas de humedad entre las
piedras. Una salamandra del aire. Un murmullo para el vuelo.
La música.